Desde tiempos de la Colonia, en las zonas agrícolas, la Mistela era un apetitoso trago que formaba parte de los llamados combinados. La Mistela se presentaba ante los ojos de los aficionados como un abanico de colores y sabores, según las frutas, verduras u hojas de arbusto con los cuales se elaboraba. Las había de ciruelas, cerezas, membrillos, frutillas, murtillas, frambuesas, uva moscatel, y también de apio, betarraga, anís verde, café, palitos de canela y miel.
La Mistela era el trago ideal para determinadas fiestas criollas, la trilla, carreras de caballo, peleas de gallo, velorios y el día de muertos. En salones y tertulias de los primero años del novecientos, era parte de la vida social de las principales cuidades, y para las mujeres era una delicia por lo dulce de su combinación. En el sureño Archipiélago de Chiloé, las frutas silvestres eran usadas como su materia prima. En el Bío-Bío, las murtillas eran la base de su elaboración. Era muy común que la mistela se tomara como bajativo sobre todo las que se elaboraban con yerbas como el anís verde. Compleja era su preparación. Las damas comenzaban con tres meses de anticipación a las fiestas a recopilar los ingredientes para los distintos sabores y colores. Todavía en el campo sureño se encuentran mistelas artesanales, pero nunca se ha industrializado.
Receta:
La receta artesanal es: ½ botella de aguardiente, ½ taza de azúcar, ½ kilo de ciruelas con cáscaras (o con los otros ingredientes), ½ taza de agua hervida, 1 cucharadita de canela en polvo. Se mezclan los ingredientes en frío. Al mes secuelan y se dejan reposar unos 15 días. Luego se filtran y se reposan otros 30 días.

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